Museo

En los últimos veinte años se ha hablado mucho o quizá excesivamente como de casi todo- del coleccionismo: de los coleccionistas y de las colecciones. Ello es debido a un matizado cambio en la apreciación del arte y del mundo que lo configura y determina. A partir de los años setenta, paulatinamente, sin grandes estridencias, el valor estético y sociológico de la propia obra fue dejando paso al valor del continente y de aquellos que propiciaban el conocimiento y circulación de la obra. De este modo, se magnificó al museo, su presencia física, -la arquitectura- como el valor determinante de la institución. Y los marchantes, galeristas, críticos y teóricos, así como los coleccionistas, comenzaban a tener un peso preciso y determinante ante la propia obra. Quiero decir: un artista toca la gloria si es presentado por un crítico o teórico de reputación; si expone habitualmente en una de las pocas galerías de reconocimiento radical; si es seleccionado por tal organizador de alguno de los acontecimientos artísticos que congrega acontecimientos artísticos, que congrega la grey internacional de refinadas sensibilidades; un artista toca la gloria cuando sus obras entran en aquellas colecciones que las refinadas sensibilidades, a remolque de un poder económico exhibido con ostentación, consideran uno de los extremos de la elegancia estético-social.

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Entrada museo

El auge e implantación insultante de estos valores, lenta, inexorablemente, hizo que el interés por el coleccionista alcanzara uno de sus momentos más cálidos de la historia. Hemos cruzado estepas tan desérticas, que los propios teóricos lanzaron a los coleccionistas a una cumbre alta y gloriosa: se le confirió un valor decisivo, sin matizar el complejo socio-económico que rodea al coleccionista

Este valor decisivo se vio correspondido, por parte de los críticos y teóricos, organizando exposiciones y más exposiciones en cuyo enunciado se podía leer: …de la colección …”Eran grabados, montajes, arte minimalista, arte …de tal o cual coleccionista. En realidad ello constituía una fórmula perfecta: se facilitaba el trabajo al teórico, se reforzaba la inversión del coleccionista, se estimulaba la libido de otros coleccionistas. ¡Deliciosos años ochenta! Cada vez se hablaba menos de la obra de arte, cada vez se hablaba más de toda la estructura que la empuja y la envuelve. Así se logró dar un empuje sustancial a todo el ámbito de la plástica. Y con este reconocimiento que se dio a los coleccionistas se avivó el fuego de una manera nueva de mecenazgo. Sin duda se promovió la ostentación, pero se fomentó el acercamiento a la obra artística. Tal vez nunca antes en la historia su había constituido una tal legión de buscadores y compradores de bienes culturales. Nunca, como en este momento había existido un coleccionismo tan definido. Nos recordaba Enrique Lafuente Ferrari, en un ensayo sobre la pintura y el coleccionismo moderno, aquella sentencia de Ortega y Gasset: “El hombre es el único animal para el que sólo lo superfluo es necesario”. Y en esta sentencia se sustenta gran parte de la actividad del hombre como hombre –casi todo es superfluo- a la vez que se constituye en el fundamento de la pasión del coleccionista. “El arte –añadía Lafuente- es el ejemplo máximo de esa superfluidad y, por tanto, es un caso límite d lo humano”. De ahí que la pasión del coleccionismo seguramente nació con los primeros hombres y la documentamos en las primeras civilizaciones. Aunque es cierto que determinadas épocas y determinados países han favorecido la eclosión de los coleccionistas.







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Numerosos son los ensayos que así lo evidencian, a la vez que se enzarzan en largas disquisiciones sociológicas. En realidad, el coleccionista tiene una peculiar manera de entender y de interpretar su entorno. J. Miguel Morán y Fernando Checa iniciaron así su libro sobre El coleccionismo en España: “Los extraños mecanismos mentales por los que una persona pueda sentir la necesidad imperiosa de acaparar, y aun de atesorar, todo tipo de objetos de manera que el conjunto de los mismos llegue a ser una verdadera imagen del mundo y se constituyan en confesado microcosmos, es el tema …”Es, de entrada, un buen acercamiento al coleccionista y a la colección. Yo no he tenido oportunidad de leer –si es que existe- un estudio psicológico sobre el coleccionista. Yo, tal vez, no diría que son extraños mecanismos mentales, los suyos, me limitaría a decir que son peculiares, como es peculiar todo aquello que mueve la pasión. Esta pasión se puede asentar en impulsos espirituales y materiales. Existen coleccionistas para quienes privan los valores estéticos y para otros privan aspectos económicos y sociales –el prestigio, el reconocimiento. Y complacencia del ego: disfrutar de unos objetos que nadie más tiene. Pero nos estamos refiriendo a los móviles personales que sostienen la pasión del coleccionista. Móviles, todos ellos, aceptables. No somos capaces de sentir aquellos sentimientos y sensaciones que tiene el coleccionista ante su colección, ante la incorporación de una nueva obra a su conjunto.

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No somos capaces de sentir aquellos sentimientos y sensaciones que tiene el coleccionista ante su colección, ante la incorporación de una nueva obra a su conjunto. No somos capaces de sentir de manera igual o parecida, ante la obra que el coleccionista posee. Lo suyo es único. Y ese goce especial lo hallamos, ante el coleccionista de Estado de igual manera que ante el coleccionista privado: Napoleón requisando obras de arte en todos los países de Europa y Egipto para constituir el gran Louvre tenía paralelas emociones que el coleccionista que urga en pequeñas galerías, que duda en la compra, que discute los precios. Ambos están ampliando, cada uno a su manera, la colección que configuran; ambos disfrutan la sensación de la ampliación del conjunto y del descubrimiento de piezas puntuales. En este punto, conectamos de nuevo con Morán-Checa: no sólo en el hecho de la imperiosa necesidad que el coleccionista siente de atesorar, sino en el punto de que el conjunto que está reuniendo sea una verdadera imagen del mundo y se constituya en un perfecto microcosmos. Ahí llegamos al punto crucial, esencial, del fervor del coleccionista: pues no se trata de tener mayor número de obras sino de perfilar una visión concreta de un espacio determinado. El coleccionista es aquí cuando deja de ser un mero recopilador para convertirse en un auténtico creador. Y es aquí cuando lo materialmente superfluo se convierte en espiritualmente necesario. No importa cual sea la motivación que ha impulsado a una persona a convertirse en coleccionista: motivación que hemos visto se puede asentar en impulsos espirituales, estéticos y materiales, sociales y económicos. Cualquiera que sea la motivación llega a convertir al coleccionista en un verdadero creador. El coleccionista busca, selecciona, elige, rehusa: poco a poco va cerrando, con nuevas piezas, un rompecabezas que no tiene pauta previa sino que es el tiempo y la intuición quienes van constituyendo la obra. Es en el hecho de la creación de un mundo, de una teoría, de una sensibilización, donde el coleccionista halla su verdadera pasión y su razón de ser. Sea cual sea el nivel socio-económico del coleccionista, siempre tiene un condicionante: el valor de la obra, el valor material. El precio es un condicionante que, en ocasiones, impide, incluso en los más acaudalados coleccionistas, obtener una obra. El precio provoca renuncias, levanta dudas, establece límites al coleccionista. Lo cual quiere que el precio no sólo es frontera que impide la compra de una nueva pieza para la colección sino que se convierte en el motor que puede orientar una colección hacia laderas concretas.

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Se ha hablado mucho de la especulación en el arte, e incluso se ha practicado en exceso. Pero la especulación nada tiene que ver con los coleccionistas, que siguen su pasión, sino con los arribistas, que hallamos en todas las esferas de la actividad incluso cultural. El coleccionista, pues, deja de ser un simple recopilador para convertirse en un auténtico creador. Pero recordemos que Jean Baudrillard en su Por una crítica de la economía del signo ya afirmaba que “se colecciona siempre el propio yo”. O sea, que el coleccionista no sólo escoge las obras por los temas, por su color, por la estética, sino que los valores extraartísticos se reflejan en la colección: aquella obra que se ha rechazado por su precio, aquella que se ha comprado para adelantarse a otro comprador,... En el estudio psicológico o sobre el coleccionista podríamos ver las causas que le empujan a coleccionar, las justificaciones, pero a su vez veríamos cómo la personalidad del coleccionista condiciona la colección y cómo se refleja en ella. Germano Celant, en este punto, nos recuerda lo que en diversas ocasiones ha repetido Panza di Biumo, uno de los grandes coleccionistas actuales: “Tengo la convicción de que mi colección es continuación de mi pensamiento, concreción de mi concepción de la vida.
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Selecciono a mis artistas cuando noto en sus obras una cierta coincidencia con mi manera de juzgar la vida”. De una u otra manera, todo coleccionista podría hacer una afirmación parecida. Cuando se habla de coherencia en una colección, estamos juzgando el conjunto de obras de manera inversa: la hallamos coherente respecto a los esquemas previos que nosotros tenemos de la coherencia: su desarrollo lineal, que no ofrezca cortes ni altibajos. Pero en realidad una colección ofrece otro tipo de coherencia: el reflejo de la personalidad del coleccionista. El coleccionista no debe –no tiene por qué- desarrollar ninguna teoría, ninguna clase magistral, ningún recorrido histórico –no tiene por qué tener nuestra coherencia-; el rigor es que se aleje de estos esquemas y se reflejen en la colección sus filias y sus fobias, sus debilidades, enamoramientos y divorcios. Esta subjetividad nos conduce a otro matiz del presente discurso: lo público y lo privado respecto a una colección. Uno de los reproches frecuentes a los coleccionistas privados –surgidos de los reproches de la izquierda socialista-marxista- es su exclusividad, su alejamiento de la ciudadanía, su disfrute estético en solitario de sus colecciones y posesiones. Pero estos reproches se evidencian cada vez más inadecuados. En primer lugar, porque debemos tener presente que todas las colecciones públicas, todos los grandes museos del mundo, tuvieron su origen privado -frecuentemente en las colecciones de las monarquías y de la nobleza. En segundo lugar, porque en el actual sistema capitalista, las reglas del juego empujan hacia la conversión pública de las colecciones privadas -derechos sucesorios, donaciones,...-. En tercer lugar, porque buena parte de las colecciones amplias y numerosas en obras, se presentan al público en fundaciones propias o en apartados especiales cedidos por los museos. Así, cada vez es menos definible la frontera entre lo público y lo privado, en este aspecto.

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Ahora Francisco Daurella da este paso, convirtiendo lo privado en público. Y sigue con una larga tradición de coleccionistas que han creado o ampliado museos. Cataluña no ha podido partir de colecciones reales ni de la nobleza, para establecer su patrimonio plástico: ha debido realizar un notable esfuerzo, tardío, para recuperar su legado artístico: esfuerzo realizado por los particulares y por las entidades locales. Dos ejemplos son ilustrativos: el actual Museu Nacional d´Art de Catalunya -popularmente conocido por el museu d´art romànic- ha pervivido gracias al soporte del Ayuntamiento barcelonés; el Museu Marès debe su existencia gracias a la donación de sus colecciones del polifacético Federic Marès. En España, en los últimos treinta años se han creado numerosas colecciones: contrapuestas a las instituciones de Madrid –grandes empresas, entidades bancarias y públicas- las colecciones catalanas surgen, básicamente, de personajes del mundo industrial, con gran idealismo y sensibilidad. Viven el arte como un territorio propio y establecen con él un diálogo de complicidades y tensiones. Viven el arte como una pertenencia íntima. Francisco Daurella es uno de estos personajes. A lo largo de los últimos años ha creado esta amplia colección centrada, en el arte catalán. A caballo de viajes y ciudades del amplio mundo, parece como si el arte le diera su identidad, le hiciera reencontrarse con sus raíces. Son pocos los artistas que el coleccionista no se encontraría por la calle: Picasso, Miró, Dalí, Saura, Viola, Ponç, Navascues, Mompó,…Los clásicos. Pero ellos, si exceptuamos el gran conjunto de cerámicas de Picasso- no configuran la colección. El coleccionista ha optado por los artistas vivos, de los que cotidianamente lee información, de sus exposiciones, de sus andanzas y cuestionamientos. En esta colección se aprecia una fuerte pasión por lo cercano, por lo inmediato, a la vez que una apuesta de futuro. Aunque el futuro no preocupe al coleccionista, consciente de un presente inmerso en el placer y goce de las formas.

_Francesc Miralles._

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